martes, 10 de agosto de 2010

Doña Ambigua

Existió hace algunos años una mujer para la que trabajé gran parte de mi vida. Todo el tiempo daba órdenes que nunca fui capaz de entender. Nunca pude complacerla, ni un sólo día hice las cosas tal cual me las pedía. No sé si yo era muy tonta o realmente era ella la incomprendida. "Órale, no seas floja y ponme a hervir el agua", me ordenó alguna vez mientras yo pensaba "¿yo floja?, si es ella la que no puede ni pararse para hervir el agua y me pide que la ponga". Y ahí me ven parándola de su sillón chirriante mientras me miraba extrañada. "¿Pos no que la pusiera a hervir el agua?". "No, pendeja, que me pongas a hervir agua. Que pongas a hervir agua para mí". "Ah, caray, usted me disculpará..."

"La otra vez vi a mi ex marido saliendo de la casa", confesó muy tranquila mientras la miraba con asombro. "Pero, ¿cómo?, ¿que no había cambiado usted las cerraduras?". Horas después de mucho pensar, me di cuenta que hablaba de ella saliendo de la casa, no de él. Sólo pude pensar en lo estúpida que era y en la forma en la que mi patrona pensaría de mí, pues no era capaz de comprenderla, tal vez no me encontraba a su nivel intelectual.

Con el tiempo cambiándola poco a poco, cayó enferma en cama y no fue capaz de reponerse. Los cuidados se volvieron cada vez más intensos. Era desesperante para mí no poder entenderla. No hay día que no me sienta culpable por no haberla atendido como ella lo necesitaba. Fue entonces cuando descubrí que una persona ya no bastaba. Conseguí a algunas amigas para que me ayudaran y yo pudiera descansar. Había envejecido a la vez que lo hacía mi señora. Pero ¡qué problema! Las chicas que contraté todo lo hacían al revés. Me recordaron cuando yo era de su edad: igual de atarantada y torpe. ¿Así me vería? A veces no podía más y estallaba en risas de esas que llenan de espasmos el abdomen, de esas risas que provocan lamentos pero que se vuelven incontenibles y sólo queda esperar a distraerse en algo más para que se olvide la razón por la que empezó la carcajada para que luego ya no parezca tan divertida como en un principio; así hasta que resulte molesto recordarlo y uno empiece a sentirse simplón e inmaduro.

"Sírveme café solo en media taza"

"Ya no traigan a la perra de María, que me deja la casa hecha un asco".

"Señora, la quiero mucho, de verdad". "No, yo más"

"¡Viste a ese gato!"

"Córtame un par de naranjas"

"Pásate el trapeador en el pasillo"

"Compra dulces de la esquina de diabéticos"

Hasta que un día, como ella hubiera dicho, dejó de vivir sin que se dieran cuenta.

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