Para escribir una carta amorosa, uno sencillamente debe aprovechar todos los recursos gramaticales, ortográficos, léxicos y demás que se nos vengan a la mente hasta que se esté conforme con lo que se quiere decir, sin olvidar al final un "te quiero" o "te amo" dependiendo los permisos que el remitente tenga con el destinatario.
No hay que olvidar hablar de los recuerdos para hacer entrar al lector en un estado nostálgico, de ese aire triste invadido por los suspiros. Es necesario también hablar de los pesares psicológicos, de la vida, de los acontecimientos sin el otro, de qué tan vacío es todo, del añoro y el deseo. No olvidemos los valiosos puntos suspensivos, las preguntas que tal vez nunca queden respondidas, de la culpa, el añorar un regreso de manera discreta, mesurada. Querer que el otro nos tenga confianza, o mejor aún, creerlo así.
Ser como un perro, sentirse querido. Hacerse la víctima si no hay respuesta, no quedarse con la horrible duda (¿y si ya no me quiere?). Quedarse exhausto, exprimir las palabras, hacerlas sonar lindas, amorosas, querer parecer únicos, querer convencer de que somos los mejores amantes, como si nadie jamás nos fuera a superar.
Releer el texto, borrar, corregir, reescribir, hasta que uno se maraville de las falsedades que están a punto de ser leídas por alguien más para rescatar la atención perdida, porque muy dentro todos sabemos que el pasado no tiene remedio.