sábado, 28 de septiembre de 2013

Una tarde soleada



Volví a Orizaba después de algún tiempo fuera. Cuántos años habrán pasado desde entonces… Era el centro viejo algo casi inexistente, sin embargo,  el centro turístico siguió con su particular colorido y acabados falsos, un gusto sin identidad y estadounidense, donde todas las puertas y ventanas  venían de fábrica. Llamé a Sara, quien era mi única amiga para aquellos tiempos; todos los demás siguieron su vida lejos, en otros continentes quizá.
Creí que Sara iría al lugar donde me encontraba, pues la ciudad ya parecía otra y realmente no había algún punto reconocible: modernas plazas comerciales, un metro bus atravesando por sus dos mitades bien trazadas todo el valle; cerros con túneles que se perdían en la oscuridad; un teleférico en ruinas; rascacielos de no sé cuántos pisos… En fin, como Sara era una mujer por demás independiente, le era fácil pensar que todos nos asumíamos igual que ella. Pero yo no, yo realmente necesitaba una guía para caminar de la estación de autobuses al punto en que ella se encontraba. “Más allá del mercado estoy tomándome unas chelas, ahí llegas”. El mercado aún funcionaba, pero todo lo que lo rodeaba era nuevo. No sé cuántas calles arriba tuve que andar, y cada vez que Sara contestaba mi llamada, sólo repetía “tú sigue caminando, vas a ver que sí das”. Como fuera, los edificios poco a poco fueron disminuyendo su altura. Y de pronto ahí estaba, no igual a mis recuerdos de la niñez, pero el corazón de la ciudad persistía, viejo y apolillado. Por fin encontré construcciones coloniales, imponentes pilares de fachadas porfirianas… quién lo diría, la ciudad aún tenía vida. Mientras caminaba, y ya sin preocuparme por mi encuentro con Sara, experimenté una serie de “deja-vus”. En mis sueños de juventud ya antes había estado en aquéllos escenarios; empecé a cuestionar si no sería éste uno más. No sé siquiera cómo describir la atmósfera, porque fue instantáneo el sentimiento y paredes como esas no caben en las palabras. Ya lejos del movimiento citadino, se alargaba una gran plaza con piso de azulejo antiguo. En su conjunto, los azulejos formaban un gran diseño de estilo árabe, con garigoleados en tonos cafés y rojos. Era sólo una gran plaza, un zócalo. No había nada ahí, más que el piso deslumbrante y fracturado.
En la última llamada que tuve con Sara, me dio instrucciones otra vez: “así como vas, sigue caminando, cuando estés por pasar debajo de un puente me vuelves a marcar”. Así lo hice, seguí en línea recta mi destino, atravesé el zócalo desierto, pasé por un par de misceláneas de aquéllas que mis padres seguro visitaban en su niñez, pasé por una especie de mirador desde el que se podía apreciar el patio de una escuela, y el sonido del balón de futbol y las risas y los gritos, una vez más revivieron sueños y recuerdos. “Esto ya lo viví antes, o lo soñé”. Iba distraída mirando el remolino de niños corriendo a lo lejos, hasta que volteé de pronto y ahí estaba algún tipo de puente peatonal, o de puente de río en desuso. “Sara, ya estoy pasando por el puente, ahora qué”. “Dobla en la esquina a mano derecha y por ahí me verás”. La calle se hizo angosta después del puente, hasta que llegué a mi destino. Ahí estaba Sara tan fresca, con los rayos de sol reflejándose en sus gafas y su vestido negro con flores blancas. Y como siempre una cerveza en su mano. Cuánto tiempo, y era casi igual que hace sinfín de primaveras.

Era un otoño inusual, había un aire seco en el ambiente, Sara ni notaba que yo me acercaba a la mesita donde reposaba. Miré inquieta cuál sería su distracción, qué la habría hecho quedarse las horas en lugar de acudir a un encuentro más próximo por donde yo me encontraba. Un par de golondrinas volaban al ras del suelo. Pero el cielo era de un azul infinito, ni una nube. Qué tipo de danza fabricaban estas aves, amantes de la lluvia, en un día tan soleado y seco como aquél. Quedé perpleja, una vez más la escena me era familiar. Al cabo de un rato volví la mirada hacia la mesita donde estaba Sara, pero ya no la encontré. Sólo el perfume a cigarro recorría el andador lleno de mesas vacías. Así fue que lo reconocí, yo tampoco estaba ahí.

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